Mi historia como daddy partió, curiosamente, en el mundo escort. Todo comenzó cuando empecé a ver seguido a una brasileña que llevaba poco tiempo en Chile. Como no tenía muchos conocidos acá, los domingos —que además eran flojos de clientes— me invitaba a pasar el día con ella. También sufría mucho con el frío, así que entre panoramas, almuerzos y tardes juntos, la dinámica empezó a cambiar. Ya no era solamente una cita donde corría el taxímetro.
Con el tiempo me fui metiendo en ese ambiente. Empecé a conocer a sus amigas, otras escorts, unders, sugars o como quieran ponerles. Escuchaba historias, veía códigos que desde afuera uno ni imagina, y terminé entendiendo que existe todo un mundo paralelo funcionando bajo sus propias reglas.
Cuando ella volvió a Brasil, yo seguí manteniendo varios de esos contactos. Y fue justamente por medio de esas mismas chicas que terminé llegando a las apps de sugar. Ahí la experiencia ha sido distinta: menos química, más personajes raros y bastante menos suerte de la que esperaba.