Compartir la intimidad con una mujer que a uno le guste, independientemente quien ella sea (amiga, compañera, escort, polola, novia, etc.) es una concesión femenina de mucho valor que amerita una justa recompensa; la que se estila manifestar en regalos, especies, viajes, apoyo financiero o lo que se haya convenido entre las partes (o hayamos decidido de motu proprio brindarle como agradecida compensación).
Bajo este enfoque, Pagar o no pagar sería entonces un falso dilema ya que normalmente siempre hay un costo de por medio.
No puedo dejar de invocar el sabio pie de firma de un colega, que señala que "es más caro el sexo gratis que el sexo pagado".