Suena tu fantasma en el auricular hasta la clarividencia. Y de pronto, todas estas pesadillas adquieren - en su conjunto - la brillante forma de un cuadro o de una foto, al fin y al cabo una imagen demasiado nítida al fondo de mi ahogo; un chispazo de oscuridad en el medio día de la memoria. Entonces, vuelves a ser ahora y todo lo que fue espectro entre nosotros se materializa frente a mí, con la ridiculez obvia de lo que siempre estuvo, de lo que no nos abandonó nunca, sino tan sólo de nuestra intuición más pobre, esa de la que todos nos alimentamos un poco para vivir más a gusto, siquiera un tanto menos molestos con nosotros mismos. Así que ahí estás, hablándome de los años que nunca pasaron y que se escuchan en ti como un premio del cual no tengo culpa, o tal vez sí, quizá sí. Quizá toda esa alegría a la que me somete tu voz que ya no es tu voz, es gracias a este naufragio del que aun no logro una isla. Acaso toda la felicidad que me refriegas en el alma sin quererlo, es por esta vaga sensación de mártir que me sigue voluntariosamente a todas partes. Pero cualquier conjetura es un sesgo, una sucia cortina para no acceder a la mañana que me he preparado, abrazado como siempre al abismo de mi apetito, el mismo que disfrutaste y del que ahora ya no te avergüenzas. Ese que en este preciso momento me devora junto con tu voz, junto con tu fantasma que es mi fantasma, y que es, sin embargo, toda mi existencia.
Kame