Aquel hombrecillo estaba agotado. Las ideas apenas le fluían a causa del stress y el ajetreo diario. Su cuerpo apenas respondía, casi por instinto marcó el número, el que casi como una inyección de adrenalina pura le devuelve la razón y el sentido. Marca y concerta, pasan los minutos y llega al lugar acor dado.
Le reciben como siempre, gratamente y le conducen al rincón perfecto.
Lo espera una camilla ancha, en donde deposita su aletargado cuerpo. Con la poca fuerza que le queda, saca de su chaqueta dos cigarrillos y el encendedor a bencina que le caracteriza. Enciende una vela, ambos cigarrillos y espera.
Sus pasos se sienten venir por el largo pasillo que los separa, el sonido de los tacos se detiene y la perilla de la puerta se gira...Y aparece ella.
Grácil como las mariposas, bella como la primavera misma, su sonrisa iluminaba el recinto. Se miraron y se sonrieron como diciendo "Que bueno es verte".
Se sentaron juntos, ella coge un cigarrillo y el toma el otro. Ambos calaban el humo y sus voces se oían juntas, sus sonrisas sacudían cada centímetro de aquel encantador lugar. Llegado el momento ella le ayuda a desvestirse, y con la delicadeza exacta, le susurra al oído que se deje llevar por sus manos.
Un placer casi inmediato inundó sus sentidos, las manos de aquella hermosa mujer se deslizaban por cada una de las vertebras, con una intensidad reponedora, con una suavidad casi sin parangón.
Cada músculo, cada articulación se vieron rejuvenecidas al sólo toque de las manos de una Diosa real.
Charlaron de lo humano y lo divino, arreglaron el mundo, rieron y pensó "No hace más que estar frente a mía para que el mundo entero desaparezca, sólo quedamos ella y yo"
La fuerzas le volvían poco a poco, sus brazos y piernas ahora se movían como antaño. La vitalidad comenzó a inundar aquel cuerpo otrora destrozado. De reojo pudo apreciar nuevamente aquella figura delicada y femenina. Sin esperar el consentimiento, se vuelve sobre su espalda ya se siente renovado. Una sonrisa complice le lleva a abrazarla fuertemente, a quitar una a una sus ropas. El corazón latía a fondo cuando siente piel con piel, como la respiración se entrecortaba.
La Lenceria negra era el contraste indicado con su blanca palidez, su figura francamente impresionante. Abrazó su breve cintura y sus brazos se volvían cuerdas y se trenzaban para no soltarse. La respiración de ambos se agitaba constantemente, los besos se entregaban prodigiosamente. Sus manos se apretaban fuertemente una contra la otra.
La blanca desnudez de ella seducía centímetro a centímetro, sus ojos brillaban como nunca. Sus caricias delicadas se transforman en fuego intenso cada vez que ambos cuerpos se rozan.
El aire se hace denso, el calor se esparce por la habitación, cada beso es más apasionado que el anterior. Sus cuerpos se entrelazan en una danza intensa y extrema. Hasta que ambos, mirandose a los ojos, explotan de placer y de sensualidad.
Se abrazan, se miran y se besan en innumerables ocasiones.
Ella y su figura grácil, cuál mariposa, se quedaba en él. El se la lleva en la memoria. Se abrazan nuevamente, un último beso (que ambos saben que no es así) y se despiden sin dejar de mirarse a los ojos. Y entre ambos las mariposas volaban intensamente.